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martes, 27 de agosto de 2013

Harry - Sara Graciano

Julio 2013

Imagino que te importo y mi alma vuela libre a recorrerte con los labios
Imagino que soy tuya, por el improvisado contrato
Que en vez de escribir en papel, escribí con marañas en tu espalda
Con mis dedos pequeños y hábiles, entregue mi corazón a tu alma

Imagino que te importo, y casi veo tu silueta, tú figura toda escuálida
Esperando la entrada a mi puerta,
Imagino que me piensas como yo te estoy pensando,
Que así como a mí me pasa, me extrañas más en las noches
Qué esperas con ansiedad que yo vaya o que tú vengas

Francine Van Hove
Imagino que te importo y casi, casi te siento
Tú esperanza, tu brillo, tu calor, o un espejismo
Imagino que me evocas, que querrás volver a verme
Casi te escucho diciendo que me sueñas o me quieres

Imagino que te importo, y llega el preciso instante,
En que espero tu llamado, tu “te quiero”, o tu silueta,
Las marañas de tu espalda solo están desdibujadas
Tu silueta no aparece, me encuentro sola y en la nada.

Imagino que te importo, y tu ausencia me recuerda
Que ya tu brillo no está, que tu calor, o la esperanza, nunca fueron
Y que no son,
que fueron quimera e ilusión

Imagino que te importo y tú silencio tenaz y fuerte
Tu mirada indiferente,
Me recuerdan que tu olvido, fue y será para siempre

domingo, 11 de agosto de 2013

Eduardo Carranza - Es melancolía


Te llamarás silencio en adelante.
Y el sitio que ocupabas en el aire
se llamará melancolía.

Escribiré en el vino rojo un nombre:
el tu nombre que estuvo junto a mi alma
sonriendo entre violetas.

Ahora miro largamente, absorto,
esta mano que anduvo por tu rostro,
que soñó junto a ti.

Esta mano lejana, de otro mundo,
que conoció una rosa y otra rosa,
y el tibio, el lento nácar.

Un día iré a buscarme, iré a buscar
mi fantasma sediento entre los pinos
y la palabra amor.

Te llamaré silencio en adelante.
Lo escribo con la mano que aquel día
iba contigo entre los pinos.

Phaka* - Sara Graciano

Gustav Klimt - Madre e hijo
Mujer, sos mi inspiración y mi causa
Sos mujer como mi revolución, mi esperanza
Sos mi razón para continuar con mis sueños sin pausa

Mujer, vos sos mi calma,
La alegría permanente de mi alma,
El motivo de mi lucha y mi confianza
A tu lado los dolores siempre pasan

Mujer, te amo tanto que estos versos no me alcanzan
Pa contarte que por vos pienso en mañana
Pa decirte que mi futuro te aguarda
Pa compensar lo que me has dado y darte gracias

Mujer, me enseñaste a ser atrevida y osada
A conseguir lo que quiero con constancia
Y aunque a veces me equivoco y las penas me ganan
Cualquier mal se ve vencido cuando me abrazas

Mujer vos sos mi origen, sos el alba
Que me cambia, me renueva y me sana
Sos mi faro, sos la fuerza que alimenta mi alma
Sos mujer, mi revolución, mi guia y mi causa…

*Regazo en lengua quichua

Cuento La tejedora por Mariana Calosanti

Se despertaba cuando todavía estaba oscuro, como si pudiera oír al sol llegando por detrás de los márgenes de la noche. Luego, se sentaba al telar.

Comenzaba el día con una hebra clara. Era un trazo delicado del color de la luz que iba pasando entre los hilos extendidos, mientras afuera la claridad de la mañana dibujaba el horizonte.

Después, lanas más vivaces, lanas calientes iban tejiendo hora tras hora un largo tapiz que no acababa nunca.

Si el sol era demasiado fuerte y los pétalos se desvanecían en el jardín, la joven mujer ponía en la lanzadera gruesos hilos grisáceos del algodón más peludo. De la penumbra que trían las nubes, elegía rápidamente un hilo de plata que bordaba sobre el tejido con gruesos puntos. Entonces, la lluvia suave llegaba hasta la ventana a saludarla.

Pero si durante muchos días el viento y el frío peleaban con las hojas y espantaban los pájaros, bastaba con que la joven tejiera con sus bellos hilos dorados para que el sol volviera a apaciguar a la naturaleza.

De esa manera, la muchacha pasaba sus días cruzando la lanzadera de un lado para el otro y llevando los grandes peines del telar para adelante y para atrás.

No le faltaba nada. Cuando tenía hambre, tejía un lindo pescado, poniendo especial cuidado en las escamas. Y rápidamente el pescado estaba en la mesa, esperando que lo comiese. Si tenía sed, entremezclaba en el tapiz una lana suave del color de la leche. Por la noche, dormía tranquila después de pasar su hilo de oscuridad.

Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer.

Pero tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que se sintió sola, y por primera vez pensó que sería bueno tener al lado un marido.

No esperó al día siguiente. Con el antojo de quien intenta hacer algo nuevo, comenzó a entremezclar en el tapiz las lanas y los colores que le darían compañía. Poco a poco, su deseo fue apareciendo. Sombrero con plumas, rostro barbado, cuerpo armonioso, zapatos lustrados. Estaba justamente a punto de tramar el último hilo de la punta de los zapatos cuando llamaron a la puerta.

Ni siquiera fue preciso que abriera. El joven puso la mano en el picaporte, se quitó el sombrero y fue entrando en su vida.

Aquella noche, recostada sobre su hombro, pensó en los lindos hijos que tendría para que su felicidad fuera aún mayor.

Y fue feliz por algún tiempo. Pero si el hombre había pensado en hijos, pronto lo olvidó. Un vez que descubrió el poder del telar, sólo pensó en todas las cosas que éste podía darle.

—Necesitamos una casa mejor— le dijo a su mujer. Y a ella le pareció justo, porque ahora eran dos. Le exigió que escogiera las más bellas lanas color ladrillo, hilos verdes para las puertas y las ventanas, y prisa para que la casa estuviera lista lo antes posible.

Pero una vez que la casa estuvo terminada, no le pareció suficiente.

—¿Por qué tener una casa si podemos tener un palacio?— preguntó. Sin esperar respuesta, ordenó inmediatamente que fuera de piedra con terminaciones de plata.

Días y días, semanas y meses trabajó la joven tejiendo techos y puerta, patios y escaleras y salones y pozos. Afuera caía la nieve, pero ella no tenía tiempo para llamar al sol. Cuando llegaba la noche, ella no tenía tiempo para rematar el día. Tejía y entristecía, mientras los peines batían sin parar al ritmo de la lanzadera.

Finalmente el palacio quedó listo. Y entre tantos ambientes, el marido escogió para ella y su telar el cuarto más alto, en la torre más alta.

—Es para que nadie sepa lo del tapiz —dijo. Y antes de poner llave ala puerta le advirtió: —Faltan los establos. ¡Y no olvides los caballos!

La mujer tejía sin descanso los caprichos de su marido, llenando el palacio de lujos, lo cofres de monedas, las salas de criados. Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer.

Y tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que su tristeza le pareció más grande que el palacio, con riquezas y todo. Y por primera vez pensó que sería bueno estar sola nuevamente.

Sólo esperó a que llegara el anochecer. Se levantó mientras su marido dormía soñando con nuevas exigencias. Descalza, para no hacer ruido, subió la larga escalera de la torre y se sentó al telar.

Esta vez no necesitó elegir ningún hilo. Tomó la lanzadera del revés y, pasando velozmente de un lado para otro, comenzó a destejer su tela. Destejió los caballos, los carruajes, los establos, los jardines. Luego destejió a los criados y al palacio con todas las maravillas que contenía. Y nuevamente se vio en su pequeña casa y sonrió mirando el jardín a través de la ventana.

La noche estaba terminando, cuando el marido se despertó extrañado por la dureza de la cama. Espantado, miró a su alrededor. No tuvo tiempo de levantarse. Ella ya había comenzado a deshacer el oscuro dibujo de sus zapatos y él vio desaparecer sus pies, esfumarse sus piernas. Rápidamente la nada subió por el cuerpo, tomó el pecho armonioso, el sombrero con plumas.

Entonces, como si hubiese percibido la llegada del sol, la muchacha eligió una hebra clara. Y fue pasándola lentamente entre los hilos, como un delicado trozo de luz que la mañana repitió en la línea del horizonte.

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