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lunes, 24 de marzo de 2014

Cuento: La tortuga gigante, por Horacio Quiroga


Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. El no quería ir porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día:

-Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hacer mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien. El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien. Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutas.
Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramadal con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia.
Había hecho un atado con los cueros de los animales, y los llevaba al hombro. Había también agarrado, vivas, muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de querosene.
El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito.
Precisamente un día en que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador que tenía una gran puntería le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto.
-Ahora-se dijo el hombre-voy a comer tortuga, que es una carne muy rica.
Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne.
A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre. La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse. El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo. La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre y le dolía todo el cuerpo. Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.
-Voy a morir- dijo el hombre-. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quién me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed.
Y al poco rato la fiebre subió más aun, y perdió el conocimiento. Pero la tortuga lo había oído y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces:
-El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo lo voy a curar a él ahora.
Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar en seguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera, El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.
Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas.
El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento, Miró a todos lados, y vio que estaba solo pues allí no había más que él y la tortuga; que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta:
-Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí. Y como él lo había dicho, la fiebre volvió esa tarde, más fuerte que antes, y perdió de nuevo el conocimiento.
Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo: -Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.
Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje.
La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar se detenía y deshacía los nudos y acostaba al hombre con mucho cuidado en un lugar donde hubiera pasto bien seco.
Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir.
A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua! a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber. Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta:
-Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo en el monte.
El creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino. Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada.
Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba todo el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella. Y, sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje.
Pero un ratón de la ciudad-posiblemente el ratoncito Pérez-encontró a los dos viajeros moribundos.
-¡Qué tortuga!-dijo el ratón-. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, que es? ¿Es leña?
-No-le respondió con tristeza la tortuga-. Es un hombre.
-¿Y dónde vas con ese hombre?-añadió el curioso ratón.
-Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires-respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía-. Pero vamos a morir aquí porque nunca llegaré...
-¡Ah, zonza, zonza! -dijo riendo el ratoncito-. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá es Buenos Aires.
Al oir esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha. Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó en seguida. Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios no quiso separarse más de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija. Y asi pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos. El cazador la va a ver todas las tardes y ella conoce desde lejos a su amigo, por los pasos. Pasan un par de horas juntos, y ella no quiere nunca que él se vaya sin que le dé una palmadita de cariño en el lomo.

sábado, 22 de marzo de 2014

Fuego Sobre el madero - Dina Posada

Trevor Brown, Alice in wonderland
Después de romper el áspero
castrante
hostil
cerrojo de las ataduras
apuñalé al pecado
cayendo agónicas
mis trabas y mis culpas

Dejé de pedir permiso para vivir

Disponiendo conocerte
abrí tus brazos en cruz
—cristo de mis pasiones—
y hundí el sabor
de mi presencia
en tus pies
en tu cuello
en la blanca playa de tu espalda

Recorriéndote fui creciendo
hoja de tu rama
rama de tu árbol
árbol de tu bosque
hoja loca al vaivén
de tu tronco elocuente

Empinando a la fiebre
mi despertar
caminé y rodé en tus cumbres
y tu sexo brotó
dejando su vasta lluvia
en mi rezumante tierra nueva.

martes, 18 de marzo de 2014

Las preguntas sostuvieron nuestra poesía - Sara Graciano

Alex Alemany - Escena interior
El zarzo se vio lleno de preguntas en esos tiempos en que vos y yo nos embriagábamos. Tantas se acumularon en la almohada y en el pecho, que nos rebosaron. No pudo la poesía fugarse por los pequeños orificios de quietud. Nuestra inquietud bombeaba día y noche atizando el fuego de la incertidumbre.

De eso se alimentó nuestra poesía, de preguntas, de las noches de desvelos y reflexiones. Del existencialismo propio de los de nuestra especie. De tu cabello largo, y mis jeans sueltos caminando juntos por una ciudad inundada de paradojas e incoherencias.

Nuestras preguntas fueron la hamaca de nuestra angustia, allí se forjó la placida ansiedad que nos vio muertos. Un fulgor irremediable consumió todo: demasiadas preguntas sin respuestas. Así fue como el santuario que formamos, se sostuvo con la duda y el desasosiego, entonces, como fuimos advertidos, se nos llenó la cama de preguntas, y la alacena ya no podía con cuestiones, y caímos en la penumbra de los temores, nos embriagamos la última vez en un recuerdo.

sábado, 15 de marzo de 2014

A gotas de sal - Angélica Castañeda




¿Me permites llorar?
Que mientras me besas, la alacena se llene de sal
Tu sonrisa contra una boca.
Mi boca contra una sonrisa desconocida.
El cielo llora, ¿crees que podría hacerlo yo también?


Permítemelo…
Y prometo que pronto, voy a privarte de nuevo de estas gotas alicoradas
Por esta lluvia que nos moja
Nos derrite, nos congela.


¿Me permites llorar?
Y reír. Y llorar una vez más.
En medio de esta lluvia de sal para dos amigos extasiados
En medio de este mundo que quiere esposarnos
Muñeca contra muñeca.

Permíteme llorar
Llorarte porque te encierras en mi baúl avergonzado
También llorarme por no darte una llave
¡Y que puedas huir!
Huir de mi llanto. De ésta lluvia.

¿Me permites llorarnos?
Por nuestra muerte…
Y éste beso que es casi un réquiem
Llorar por tu dulzura que se pierde en esta sal

¿Me permites llorar en esta tarde?
De tus labios de azúcar, de mis besos…
Besos que quizás desconozcas.
En medio de este diluvio que pretende enamorarnos.

Demos rienda suelta a este llanto
Al tocar el agua tu boca… al tocarla, sentirás el sabor de prohibición
Confundiéndose mi llanto con el del cielo
Tu éxtasis… el que generosamente compartes
Prolongándose tu sonrisa con mis labios.

Déjame que llore ¿Lo harás?
Déjame darte una llave… pero ¿Vas a usarla?
Y llueve, Y tú sonríes
Y en mis ojos amenaza una tormenta
¿Vas a cubrirte?

Déjame, déjame…
Extasiarme y llorarte…
Déjame que quizás mientras bajan las gotas, mías y del cielo
Déjame, que nunca se sabe…
Quizás mientras caen, yo poco a poco empiece a quererte.

Pacto - Maria Clara Gonzales Urbina

Por si acaso llovizna por tu calle
y quieres secar tu cuerpo
entre mis brazos

Por si el silencio te acomete
y recuerdas el lenguaje extraño
que aprendiste a mi lado

Por si regresas
a humedecer de lunas los recuerdos

Por si el trópico te reclama impaciente
entre sus verdes

O por si acaso es de noche en tu morada
dejaré la puerta abierta

Fragmento erótico del libro Dulce Compañía, Laura Restrepo

Flor Maria Bouhot
“Me tomó como soy, una mujer entera. Hizo de mí, toda, un santuario, sin dejar por fuera mi corazón ni mi sexo, mis neuronas ni mis hormonas, los afanes de mi alma ni los agites de mi piel. Devoró mi amor sagrado y bebió mi amor profano, y no me forzó a limitarlos, ni tuvo miedo del torrente de mi entrega, que fluyó a borbotones, rebasando la estrechez de las orillas y del cauce. Nuestra unión fue sacramento. Santa mi alma y santo mi cuerpo, bienamados y gozosamente aceptados los dos. Santa la maternidad y también santa la sexualidad, santo pene y santa vagina, santo placer, bendito orgasmo, porque ellos son limpios, y puros, y santos, y de ellos serán el cielo y la tierra, porque han sufrido persecución y calumnia. Que ellos sean alabados, porque fueron declarados innombrables. Bendito sea por siempre el pecado de la carne, si se comete con tantas ganas y con tanto amor.”

viernes, 14 de marzo de 2014

Oscilación de la sangre - Sara Graciano

Francine Van Hove
Hoy quiero un cielo de esos de infinitas estrellas,
De los que vi una noche en una terraza helada,
Abrigada en un abrazo ardiente,
Congelada en felicidad y nostalgia

Quiero un libro que me lleve a un viaje,
Al universo inmenso de una sabia dulce
Una piel de hojas que me devore
Un cuerpo tibio y lleno de sitios y de nombres

Un atardecer sublime que se adentre en mis neuronas
Que me aturda el corazón, que sacuda mi coraza
Que me saque este fulgor que secuestra mis pasiones
Y me ponga ríos bastos en las mejillas como lágrimas

Hoy quiero un charco claro, transparente cual milagro
Sumergirme en los problemas, navegar sin fondo hallable
No tocar el suelo firme, no aburrirme más sentada.
Desmenuzar en mis manos, las cadenas que me aten.

Quiero un poema sin límite, que tatúe en mi piel sus palabras,
Que me haga sentir maravilla, águila libre que pasa,
Capullo que mira la vida,
con asombro y esperanza.

Quiero esta noche decirle, a la vida que por mi fluye,
Que no es suficiente el movimiento, el bombeo de la sangre
Que yo estoy hecha de sueños, más que de huesos, membranas…
Que me soporte un desliz, una palabra mal dicha,
Un beso alegre sin nombre o un ascenso sin alas…

martes, 11 de marzo de 2014

La tierra se moja al verte - Sara Graciano

La tierra se moja al verte,
La luna llueve en su noche
Y vos que sos tan alegre,
Revoloteás en los charcos

Y si una estrella se fuga,
Por el cordón que el cielo cubre,
La recoges y la pones
Donde la alcance el horizonte

Vos sos una pena inquieta
Una agonía en el pecho
Un desespero nocturno
Pasión que no aguanta el cuerpo

Vos sos impresión del alma,
Manzana brillante en el bosque,
Calor que en mis manos vaga,
Y revienta el sudor de mi frente

Tu desnudez es derroche
de sensualidad y lujuria,
y al mismo tiempo es el broche
que desata tu ternura

Vos sos fantasía del cosmos,
El agua te recorre extasiada
El pecho, el ombligo, los muslos,
Fluye por vos hechizada…

Sos febril, sos de fuego
Te ha engendrado el sol ardiente,
Te ha engendrado con fervor,
Sin pudor y con lascivia

Vos sos ensueño en mi mente
fruto prohibido en el monte
te me acercas y me quemas,
me hago volcán sin sosiego,
Llueve mi piel de deseo,
Destila la tierra tu nombre

viernes, 7 de marzo de 2014

De la fatiga renace el fénix - Sara Graciano

Mi amor por vos nunca acaba,
No se detiene, no resquebraja.

Me debilita, me vuelve miope,
Me vuelve llanto y me siento torpe..

Mi amor por vos, es un universo
No tiene explicación, ni fin, ni comienzo.

Es un enredo de cosas simples,
De sueños locos y desesperanzas

Es una masa de mil tristezas
De esperas vanas, desilusiones…

Es un cumulo de recuerdos,
Evocaciones, cariño etéreo…

Mi amor por vos es sin duda insólito,
Es un absurdo, es autoflajelo.

Pero es también mi amor,
Mi inspiración para hacer estos versos

Y es también el que me impulsa
A levantarme de nuevo

Mi amor por vos, es paradoja,
Lobo encarnado en ovejo

Es mi elixir de la vida
Y a la vez es mi veneno

Pero es mi amor también
un futuro odio ciego

Una amenaza a tu vida,
Una venganza sin miedo.

Una futura mujer,
Llena de vida y sosiego

Una maldad reprimida,
Un nocivo aborrecimiento

Mi amor por vos es sin duda,
Un amasijo, un atolladero

Es una mezcla fortuita,
De rencor, ternura y recelo

Pero mi amor es gigante,
Tan grande cual rascacielos.

Tan grande que no estás solo,
Y si se acaba te haces pequeño

Se hace tu orgullo frágil,
Y ligero como el viento.

Se hace tu ego flojo
Y endeble como un pétalo

Y si mi amor se acaba,
Y se corroe por tu desprecio

Se acaba también tu grandeza,
Se consumirá en un resuello

Me cubriré de alegría,
Y me emanciparé en un aliento.

domingo, 2 de marzo de 2014

Llorar a mi manera - Manu Cáncer

Que me dejen llorar
con lágrimas igual a lapiceros,
con lágrimas iguales a los pájaros,
sólo quiero
que me dejen llorar
a mi manera.
Que me dejen llorar
como lloran los radios en la madrugada,
como los exiliados,
que me dejen
llorar a mi manera.

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