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domingo, 27 de julio de 2014

Invierno - Sara Graciano

2013


Ya no me espere hombre
Que ya no escalo desnuda la montaña.
Estoy tan frágil
como las pestañas de mis ojos.

Solté la cuerda que
Me llevaría de nuevo a tierra.
Estoy tan triste que nadie
Soporta mis ojos en la ventana.

Ya no es verano
En la piel que usted tocó un día.
Se ha marchitado
El árbol de raíces fuertes.
Ya no resisto
La agonía de esta historia
Sembré con lágrimas y recuerdos,
La alegría de su sonrisa.

Ya no lo espero
Porque ya no soy suelo fértil.
Ya me he marchado,
Vestida con hojas de primavera.

Deténgame,
Antes de que yo muera,
Pero no me espere,
Que ya no vuelo
Como cuando era libre.

Espinas púrpuras - Cecilia Taborda

En efímera taza de agua simple
Soy pasado.
Vengo de las huellas etenizadas
Soy presente.
Exhalado humo incontenible
Soy bestia.
Gotera de Dios elemental
Soy futuro.

viernes, 25 de julio de 2014

Guerra contra mi historia - Sara Graciano


Llegó la espada y me quitó mis dioses,
Me quitó el maíz y el oro,
Mi comunicación con la tierra,
Mi contacto imprescindible con mis ancestros
Mi ciclo permanente de memoria
Mi pacto feliz con la muerte.

Llegó el cañón y me quitó los recuerdos,
Me quitó la libertad y el altruismo,
Me arrancó el color de piel y las canciones
Mi sombrero hecho de palma y de alegría.

Llegó el revólver y me quitó mi dignidad,
Mis costumbres.
Me quito mi virtud y mis sueños,
Mi alimento,
Mi riqueza eterna
Mi realidad, mi mágica historia.

Llegó después el fusil
y me quitó el contacto con mis hermanos,
me quito mi paz
mi indulgencia,
me quitó la piedad y la esperanza
me llenó de rencores y llanto

Pero llegó este veneno,
Más letal que el plutonio y el uranio
(El terror se infundió en mi vida,
La impotencia acompañó al miedo)…

Llegó el mercado y me quito las semillas
Desangró mi tierra y mi gente,
El desastre para mujeres y niños…

Privatizó el agua y los minerales de la tierra
Consumió cual cáncer la selva
Y el espíritu que hay en ella….

Y así he ido vagando de tierra en tierra
en constante éxodos,
sin poder evocar ya,
ni mi origen, ni el río, ni la espesa selva.

Llegó la guerra del egoísmo
Y la ambición,
Me volví una sombra de las multitudes,
Perdí mi humanidad y mi consciencia.

Ojalá - Sara Graciano

2011

Que no seas como yo
Ni yo sea como tu

Que la vida nos espere
Que andemos valientes

Que seamos manantiales,
Que seamos miel y agua

Que huyamos del destino
Que la casualidad nos alcance

Que la montaña sea alta
Y nuestros pasos cortos

Que tengamos muchos miedos,
Que tengamos esperanza

Que soñemos y luchemos
Que seamos complemento

Que seamos diferentes
Que creas en Dios y yo en nada

Que yo te regale el brillo
Y tú el rocío y la mañana

Que tú sepas que te amo
Y que me  des verdad y sueño…


Y el alma…

miércoles, 23 de julio de 2014

Yagé - Hugo Jamioy (Nación Kamsá, Colombia)

Esta es la planta que cura el espíritu agobiado
la traigo para que la bebas.
En ella encontrarás el refrescamiento de la memoria
voces susurrando desde el interior de tus secretos
cantos envolviendo tu cuerpo hacia el camino interno de la luz.
Verás tu rostro transformado en la energía que desconoces
irás a los rincones donde yacen escondidos los secretos de la vida;
un anciano, una anciana
aguardan sentados en el rincón del olvido,
pacientes esperan por tus pasos.
Tenderán sus manos para guiarte a las fuentes de donde bebieron
los secretos de la vida
caminarás entre plantas y animales que dan poder y resistencia
tomarás las que dicte tu espíritu
rugirás para limpiar el camino.
El equilibrio de tus pasos lo sostiene tu espíritu.
Tus pies solo caminan.

lunes, 21 de julio de 2014

Ciudad (2) - José Manuel Arango

Panorámica desde el centro oriente de la ciudad de Medellín, Colombia
Década de 1950
Fotógrafo: Carlos Rodríguez

Y salí al balcón, melancólicamente,
para cambiar de pensamientos, mirando al menos
un poco de la ciudad que amo...
C. Kavafis

1

Como si se desprendiera de las montañas, 
de sus flancos que a esta hora
son de un violeta muy terso,

la sombra comienza a descender sobre la ciudad,
rueda por los tejados, cae
en las calles.

Es como un derrumbamiento. 
Las montañas rodean,
hoscas,
erizadas de puntas.

Así
llevamos en el corazón el peso de estos montes.

Que ahora caen sobre
la ciudad,
hechos de tiniebla, deshechos en tiniebla.

2

Ésta es una ciudad amurallada 
entre montañas. Uno mira en torno,
alzando la cabeza, y ve sólo
la línea azul de los montes, lejos, sus picos.

Es el borde de una copa quebrada.

Y en el fondo de la copa está la ciudad, 
ensimismada, dura.

3
Hablo de la ciudad que amo, 
de la ciudad que aborrezco.

Mientras anochece sobre los búcaros,
en las laderas,
en la boca del perro, en sus dientes.

Mientras anochece en el hueso 
seco del corazón.

Las mujeres y la lluvia - Liliana Ancalao (Nación Mapuche, Argentina)

cuando niñas vamos sueltas por el patio
y el sol nos persigue de a caballo
pero la luna implacable nos va dejando sus mareas
hasta que nos desvela
y esa noche encontramos
un cántaro
en lugar de la cintura

aprendices de machi las mujeres
nacemos así al rocío
listas para mirar los barcos que se pierden
descalzas a la neblina antes de que amanezca
nervaduras de lluvia nuestras manos
levantadas al cielo

te salpicará el amor
parirás sin amarras
y recibirás con ojos arrasados
la visita intermitente de la risa
permanecerá la llovizna en tu vientre
porque no te atreverás a ser la madre
de todos los desamparos
que andan por la calle

caudal desubicado te desarmará
en pájaros que no saben hablar
a borbotones no podrás decir
lo que quisieras
mejor dejarlo que se derrame despacio
decir
permiso tengo lluvia y alejarse
a una altura al mar al cielo
hasta que vuelvan a apretarse los musgos
en las profundidades

yo conozco mujeres que nunca se alejan
le abren la compuerta a sus gorriones
y lloran
enjuagan el trapo mojado lo estrujan
limpian con él la tabla
pican cebollas
igual hacen las camas
barren la casa peinan a los chicos
igual lavan
dónde aprendieron

hay otras que se pasan la vida domesticando
a sus pájaros
porque no quieren que irrumpan sin aviso
y los beba el enemigo
guardan su sangre su ausencia quietos en el fondo
y apuntan con palabras nítidas de cuarzo
que van a dar al blanco

yo a las palabras las pienso
y las rescato del moho que me enturbia
cada vez puedo salvar menos
y las protejo
son la leña prendida de atahualpa
que quisiera entregar a esas mujeres
las derramadas las que atajan sus pájaros

una vez en febrero yo estaba ahí
en el campo
y se llovía todo
parecía la furia de kay kay sobre nosotros
el agua estaba helada
las ancianas prosiguieron el ritual
y tuve que quedarme
hasta cuándo aguantaremos
pará la lluvia dios es demasiada
no la bebe la tierra se atraganta
y somos casi nada
trazos de tiza borrados por el agua

después de unos siglos el sol abrió las nubes
la voz gastada de meridiana epulef
levantó el taill del cauelo
pensé que dios podía ser ese arco iris
o los caballos en fila
moro zaino pangaré tostado bayo
saludando al horizonte despejado

huele tan bien la tierra después del aguacero.

miércoles, 16 de julio de 2014

El etnógrafo - Jorge Luis Borges


El caso me lo refirieron en Texas, pero había acontenido en otro estado. Cuenta con un solo protagonista, salvo que en toda historia los protagonistas son miles, visibles e invisibles, vivos y muertos. Se llamaba, creo, Fred Murdock. Era alto a la manera americana, ni rubio ni moreno, de perfil de hacha, de muy pocas palabras. Nada singular había en él, ni siquiera esa fingida singularidad que es propia de los jóvenes. Naturalmente respetuoso, no descreía de los libros ni de quienes escriben los libros. Era suya esa edad en que el hombre no sabe aún quién es y está listo para entregarse a lo que le propone el azar: la mística del persa o el desconocido origen del húngaro, la aventuras de la guerra o del álgebra, el puritanismo o la orgía. En la universidad le aconsejaron el estudio de las lenguas indígenas. Hay ritos esotéricos que perduran en ciertas tribus del oeste; su profesor, un hombre entrado en años, le propuso que hiciera su habitación en una toldería, que observara los ritos y que descubriera el secreto que los brujos revelan al iniciado. A su vuelta, redactaría una tesis que las autoridades del instituto darían a la imprenta. Murdock aceptó con alacridad. Uno de sus mayores había muerto en las guerras de la frontera; esa antigua discordia de sus estirpes era un vínculo ahora. Previó, sin duda, las dificultades que lo aguardaban; tenía que lograr que los hombres rojos lo aceptaran como a uno de los suyos. Emprendió la larga aventura. Más de dos años habitó en la pradera, bajo toldos de cuero o a la intemperie. Se levantaba antes del alba, se acostaba al anochecer, llegó a soñar en un idioma que no era el de sus padres. Acostumbró su paladar a sabores ásperos, se cubrió con ropas extrañas, olvidó los amigos y la ciudad, llegó a pensar de una manera que su lógica rechazaba. Durante los primeros meses de aprendizaje tomaba notas sigilosas, que rompería después, acaso para no despertar la suspicacia de los otros, acaso porque ya no las precisaba. Al término de un plazo prefijado por ciertos ejercicios, de índole moral y de índole física, el sacerdote le ordenó que fuera recordando sus sueños y que se los confiara al clarear el día. Comprobó que en las noches de luna llena soñaba con bisontes. Confió estos sueños repetidos a su maestro; éste acabó por revelarle su doctrina secreta. Una mañana, sin haberse despedido de nadie, Murdock se fue.
En la ciudad, sintió la nostalgia de aquellas tardes iniciales de la pradera en que había sentido, hace tiempo, la nostalgia de la ciudad. Se encaminó al despacho del profesor y le dijo que sabía el secreto y que había resuelto no publicarlo.
-- ¿Lo ata su juramento? -- preguntó el otro.
-- No es ésa mi razón -- dijo Murdock --. En esas lejanías aprendí algo que no puedo decir.
-- ¿Acaso el idioma inglés es insuficiente? -- observaría el otro.
-- Nada de eso, señor. Ahora que poseo el secreto, podría enunciarlo de cien modos distintos y aun contradictorios. No sé muy bien cómo decirle que el secreto es precioso y que ahora la ciencia, nuestra ciencia, me parece una mera frivolidad.
Agregó al cabo de una pausa:
-- El secreto, por lo demás, no vale lo que valen los caminos que me condujeron a él. Esos caminos hay que andarlos.
El profesor le dijo con frialdad:
-- Comunicaré su decisión al Concejo. ¿Usted piensa vivir entre los indios?
Murdock le contestó:
-- No. Tal vez no vuelva a la pradera. Lo que me enseñaron sus hombres vale para cualquier lugar y para cualquier circunstancia.
Tal fue, en esencia, el diálogo.
Fred se casó, se divorció y es ahora uno de los bibliotecarios de Yale.

domingo, 13 de julio de 2014

Vuelve, pájaro encantado - Rubén Alves

 El pájaro de oro de Adrienne Segur.
Era una vez una niña que tenía como mejor amigo a un pájaro.

Un pájaro distinto a todos los demás: era encantado.

Si la puerta de la jaula está abierta, los pájaros comunes vuelan lejos, para no volver nunca más...

Pero el pájaro de la niña volaba libre, venía cuando la melancolía y la añoranza le golpeaban el pecho...

Sus plumas también eran distintas. Cambiaban de color. Eran siempre pintadas por los colores de los lugares extraños y lejanos por donde volaba.

Cierta vez, volvió totalmente blanco, la cola enorme de plumas fofas como el algodón.

– "Niña, vengo de montañas frías y cubiertas de nieve, todo maravillosamente blanco y puro, brillando bajo la luz de la luna, silencio casi sepulcral, a lo sumo el barullo del viento resquebrajando el hielo que cubre las ramas de los árboles. Como obsequio para ti, traje en mis plumas, un poco del encanto que he visto..."

Y así, empezaba a cantar las canciones y las historias de aquel mundo que la niña jamás viera. Hasta que ella se adormecía, y soñaba que volaba en las alas del pájaro.

En otra oportunidad, volvió rojo como el fuego, y lucía un penacho dorado en la cabeza.

"Vengo de una tierra quemada por la sequía, una tierra con mucho calor y sin agua, donde los grandes, los pequeños y los animales sufren la tristeza del sol que no se apaga. Mis plumas han quedado como aquel sol y traigo canciones tristes de los que se encantarían al oír el ruido de las cascadas y ver la belleza de los campos verdes.”

La niña amaba al pájaro y podía oírlo, un día tras otro, sin parar. Y el pájaro amaba a la niña, y por eso siempre volvía.

Pero, invariablemente, llegaba el momento de partir. Lloraba la niña y también el pájaro. Y la niña, con pueril entusiasmo, le pidió al pájaro que no se fuera más.

- Te contaré un secreto, dijo el pájaro: las plantas precisan de la tierra, los peces precisan de los ríos, nosotros precisamos del aire...

- Y mi encanto precisa de la nostalgia. Es esa acongojada tristeza, a la espera de volver, la que hace que mis plumas queden hermosas.

- Si no voy, no habrá nostalgia. Entonces yo dejaré de ser un pájaro encantado y tú dejarás de amarme.

Así, una vez más, el pájaro se marchó. La niña, solita, por la noche lloraba de tristeza. Y fue en una de esas solitarias noches que urdió una idea malvada.

- Si yo lo aprisiono en una jaula, nunca más se podrá marchar; será mío para siempre. Nunca más sentiré nostalgias y estaré siempre feliz".

Con este pensamiento compró una linda jaula y esperó. Finalmente, el pájaro llegó, maravilloso, con sus nuevos colores, con historias diferentes para contar.

Cansado del viaje, se durmió. La niña aprovechó la oportunidad y cuidadosamente lo aprisionó en la jaula, para que nunca más la abandonara. Y fue a dormirse muy feliz. De madrugada, un gemido triste, la despertó.

- ¡Ah mi niña... qué has hecho? Se ha roto el encanto. Mis plumas se pondrán feas y yo me olvidaré de todos los cuentos...

- Sin la nostalgia, el amor desaparecerá...

La niña no le creyó. Pensó que terminaría por acostumbrarse. Pero eso no sucedió. El tiempo iba pasando y el pájaro iba transformándose.

Se le cayeron las plumas, el rojo, el verde y el azul de su plumaje se convirtieron en un triste color gris. Y sobrevino el silencio. También la niña se entristeció.

No, ese no era el pájaro que ella amaba. Y por la noche lloraba pensando en lo que le había hecho a su amigo... Pero un día, no soportó más y abrió la puerta de la jaula.

- Puedes marcharte, pájaro, vuelve cuando quieras...".

- “Gracias niña. Tengo que partir. Es necesario que me marche para que la nostalgia llegue y me den ganas de volver. Lejos, con añoranzas, muchas cosas buenas empiezan a crecer dentro de uno.”

Y el pájaro partió. Voló hacia sitios distantes. La niña contaba los días, y cada día que pasaba su nostalgia crecía...

- ¡Qué bien! - pensaba ella - mi pájaro está volviéndose encantado nuevamente... Y ponía flores en los jarrones a la espera de su amigo...

Sin que se diera cuenta, el mundo entero se fue poniendo encantado como el pájaro. Por que, en algún lugar, estaría volando. De algún sitio, cercano o distante, tendría que volver.

Por la noche, la niña se acostaba con nostalgias, pero también con la renovada esperanza del reencuentro.

¡Ah! Mundo maravilloso que guarda, en algún sitio secreto del Universo, en plena libertad, el pájaro encantado que se ama... Y que un día, con seguridad, volverá...

domingo, 6 de julio de 2014

El río del Olvido - Eduardo Galeano

La Laguna Estigia, Patinir
La primera vez que fui a Galicia, mis amigos me llevaron al río del Olvido. Mis amigos me dijeron que los legionarios romanos, en los antiguos tiempos imperiales,habían querido invadir estas tierras, pero de aquí no habían pasado: paralizados por el pánico, se habían detenido a la orilla de este río. Y no lo habían atravesado nunca, porque quien cruza el río del Olvido llega a la otra orilla sin saber quién es ni de dónde viene.

Yo estaba empezando mi exilio en España, y pensé: si bastan las aguas de un río para borrar la memoria. ¿qué pasará conmigo, resto de naufragio, que atravesé todo un mar? Pero yo había estado recorriendo los pueblecitos de Pontevedra y Orense, y había descubierto tabernas y cafés que se llamaban Uruguayo, Venezuela o Mi Buenos Aires Querido y cantinas que ofrecían parrilladas o arepas, y por todas partes había banderines de Peñarol y Nacional y Boca Juniors, y todo eso era de los gallegos que habían regresado de América y sentían, ahora, la nostalgia al revés. Ellos se habían marchado de sus aldeas, exiliados como yo, aunque los hubiera corrido la economía y no la policía, y al cabo de muchos años estaban de vuelta en su tierra de origen, y nunca habían olvidado nada. Y ahora tenían dos memorias y tenían dos patrias.

sábado, 5 de julio de 2014

Cruces - Paulina Vinderman

De golpe es muy extraño sobrevivir,
recordar a la mujer hechizada
y no el momento en que se fue:
más errante que nunca pero muy poco sabia,
torpe en el bullicio del verano,
torpe en la espera.

Hubo un hombre sin sueños
para siempre detenido en la estación del calor.
No se reconocieron ni en los ojos
en la planicie árida del parador
(un jugo, una radio encendida,
la loca esperanza de llegar sin morir)

El mundo canta (a veces)
como una apuesta imposible
y eso lo vuelve ronco y despiadado.

No hay rumor para oír, no hay tierra que espiar.

El mundo canta (a veces y siempre)
por los respiraderos de la ciudad
y se abre paso en el tumulto irreflexivo
con una canción que jamás se recuerda
cuando llueve (o hace frío),
una canción quebrada que no otorga poder.

jueves, 3 de julio de 2014

Continuidad - Jaime Torres Bodet


Alex Alemany

No has muerto. Has vuelto a mí. Lo que en la tierra
—donde una parte de tu ser reposa—
sepultaron los hombres, no te encierra;
porque yo soy tu verdadera fosa.

Dentro de esta inquietud del alma ansiosa
que me diste al nacer, sigues en guerra
contra la insaciedad que nos acosa
y que, desde la cuna, nos destierra.

Vives en lo que pienso, en lo que digo,
y con vida tan honda que no hay centro,
hora y lugar en que no estés conmigo;

pues te clavó la muerte tan adentro
del corazón filial con que te abrigo
que, mientras más me busco, más te encuentro.


II


Me toco... y eres tú. Palpo en mi frente
la forma de tu cráneo. Y, en mi boca,
es tu palabra aún la que consiente
y es tu voz, en mi voz, la que te invoca.

Me toco... y eres tú, tú quien me toca.
Es tu memoria en mí la que te siente:
ella quien, con lágrimas, te evoca;
tú la que sobrevive; yo, el ausente.

Me toco... y eres tú. Es tu esqueleto
que yergue todavía el tiempo vano
de una presencia que parece mía.

Y nada queda en mí sino el secreto
de este inmóvil crepúsculo inhumano
que al par augura y desintegra el día.


III


Todo, así, te prolonga y te señala;
el pensamiento, el llanto, la delicia
y hasta esa mano fiel con que resbala,
ingrávida, sin dedos, tu caricia.

Oculta en mi dolor eres un ala
que para un cielo póstumo se inicia;
norte de estrella, aspiración de escala
y tribunal supremo que me enjuicia.

Como lo eliges, quiero lo que ordenas;
actos, silencios, sitios y personas.
Tu voluntad escoge entre mis penas.

Y, sin leyes, sin frases, sin cadenas,
Eres tú quien, si caigo, me perdonas,
Si me traiciono tú quien te condenas...

Y quien, si te olvido, me abandonas.


IV


Aunque si nada en mi interior te altera,
todo, fuera de mí te transfigura
y, en ese tiempo que a ninguno espera,
vas más de prisa que mi desventura.

Del árbol que cubrió tu sepultura
quisiera ser raíz, para que fuera
abrazándote a cada primavera
con una vuelta más, lenta y segura.

Pero en la soledad que nos circunda
ella te enlaza, te defiende, te ama,
mientras que yo tan sólo te recuerdo.

Y al comparar su terquedad fecunda
con la impaciencia en que mi amor te llama,
Alex Alemany
siento por primera vez que te pierdo.


V


Porque no es la muerte orilla clara,
margen visible de invisible río;
lo que en estos momentos nos separa
es otro litoral, aun más sombrío.

Litoral de vida. Tierra avara
en cuyo negro polvo, ávido y frío,
del naufragio que en ti me desampara
inútilmente busco un resto mío.

Es tu presencia en mí la que me impide
recurperar la realidad que tuve
sólo en tu corazón, cuando latía.

Por eso la existencia nos divide
tanto más cuanto más tiempo en mi alma sube
la vida en que tu muerte se confía.


VI


Sí, cuanto más te imito, más advierto
que soy la tenue sombra proyectada
por un cuerpo en que está mi ser más muerto
que el tuyo en la ficción que lo anonada.

Sombra de tu cadáver inexperto,
Sombra de tu alma aún poco habituada
A esa luz ulterior a la que he abierto
Otra ventana en mí, sobre otra nada...

Con gestos, con palabras, con acciones,
creía perpetuarte y lo que hago
es lentamente, en todo, deshacerte.

Pues para la verdad que me propones
el único lenguaje sin estrago
es el silencio intacto de la muerte.


VII


Y sin embargo, entre la noche inmensa
con que me siñe el luto en que te imploro,
aflora ya una luz en cuyo azoro
una ilusión de aurora se condensa.

No es el olvido. Es una paz más tensa,
una fe de acertar en lo que ignoro;
algo —tal vez— como una voz que piensa
y que se aísla en la unidad de un coro.

Y esa voz es mi voz. No la que oíste,
viva, cuando te hablé, ni la que al fino
metal del eco ajustará en su engaste,

sino la voz de un ser que aún no existe
y al que habré de llegar por el camino
que con morir tan sólo me enseñanste.


VIII


Voz interior, palabra presentida
que, con promesas tácticas, resume
—como en la gota última, el perfume—
en su paciente formación, la vida.

Voz en ajenos labios no aprendida
—¡ni siquiera en los tuyos!—; voz que asume
la realidad del alba estremecida
que alcanzaré cuando de ti me exhume.

Voz de perdón, en la que al fin despunta
esa bondad que me entregaste entera
y que yo, a trechos, voy reconquistando;

voz que afirma tan bien lo que pregunta
y que será la mía verdadera
aunque no sé decir cómo ni cuándo...


IX


¿Ni cuándo?... Sí, lo sé. Cuando recoja
de la ceniza que en tu hogar remuevo
esa indulgencia inmune a la congoja
que, al fuego del dolor, pongo y atrevo.

Cuando, de la materia que me aloja
y cuyo fardo en las tinieblas llevo,
como del fruto que la edad despoja,
anuncie la semilla el fruto nuevo;
cuando de ver y de sentir cansado
vuelva hacia mí los ojos y el sentido
y en mí me encuentre gracias a tu ausencia,

entonces naceré de tu pasado
y, por segunda vez, te habré debido
—en una muerte pura— la existencia

miércoles, 2 de julio de 2014

Capricho 2 - Alfonsina Storni

Guayasamín, 1993

Escrútame los ojos sorpréndeme la boca,
sujeta entre tus manos esta cabeza loca;
dame a beber veneno, el malvado veneno
que moja los labios a pesar de ser bueno.

Pero no me preguntes, no me preguntes nada
de por qué lloré tanto en la noche pasada;
las mujeres lloramos sin saber, porque sí.
Es esto de los llantos pasaje baladí.

Bien se ve que tenemos adentro un mar oculto,
un mar un poco torpe, ligeramente oculto,
que se asoma a los ojos con bastante frecuencia
y hasta lo manejamos con una dúctil ciencia.

No preguntes amado, lo debes sospechar:
en la noche pasada no estaba quieto el mar.
Nada más. Tempestades que las trae y las lleva
un viento que nos marca cada vez costa nueva.

Sí, vanas mariposas sobre jardín de Enero,
nuestro interior es todo sin equilibrio y huero.
Luz de cristalería, fruto de carnaval
decorado en escamas de serpientes del mal.

Así somos, ¿no es cierto? Ya lo dijo el poeta:
deseamos y gustamos la miel en cada copa
y en el cerebro habemos un poquito de estopa.

Bien. No, no me preguntes. Torpeza de mujer,
capricho, amado mío, capricho debe ser.
Oh, déjame que ría. ¿No ves que tarde hermosa?
Espínate las manos y córtame una rosa.

Vida de un poema - Luis Rogelio Nogueras

El poema nace
mira con ojos asombrados e inocentes su primera
mañana en el mundo
–aún no sabe que lo que le acontece
aconteció ya muchas veces–

El poema balbucea una palabra pura
descubre los objetos cercanos y distantes
toca su propio rostro
sonríe
–aún no sabe que lo que le acontece
aconteció ya muchas veces–

Manuel Ahumada
El poema crece
rompe sus juguetes
da unos pasos
cae
vuelve a levantarse
–oye decir que lo que le acontece
aconteció ya muchas veces–

El poema sale a la calle
tiene su amor imposible
su pedazo de dicha y un rencor
–comienza a sospechar que lo que le acontece
aconteció ya muchas veces–

El poema se hace adulto
derriba ídolos de barro
gana amigos y enemigos
se casa fecunda un vientre
–tiene ya casi la certeza de que lo que le acontece
aconteció ya muchas veces–

El poema madura
aprende a comportarse en la mesa
perfila su estilo
suple pasión con experiencia
aprende a hacer posibles los amores imposibles
–está absolutamente seguro de que lo que le acontece
aconteció ya muchas veces–

El poema envejece
mira con paternal ternura
a los jóvenes poemas inexpertos
les envidia en secreto su fuego y desaliño
–no les dice que todo lo que les acontece
aconteció ya muchas veces–

El poema agoniza
mira con ojos tristes y culpables su última
noche en el mundo
–no lo consuela saber
que también su muerte es simple repetición–

Salvación en la palabra - Carlos Bousoño

A Jorge Guillén



1

Dejad que la palabra haga su presa lóbrega,
se encarnice en la horrenda miseria
primaveral, hoce del destino, cual negra teología
corrupta.
Súbitas, algunas formas mortales,
dentro del soplo de aire
permanente e invicto.
La palabra del hombre, honradamente
pronunciada, es hermosa, aunque oscura,
es clara, aunque aprisione
el terror venidero.
Hagamos entre todos la palabra
grácil y fugitiva que salve el desconsuelo.
... Como burbuja leve la palabra
se alza en la noche, y permanece
cual una estrella fija entre las sombras

2
Y así fue la palabra
ligero soplo de aire
detenido en el viento,
en el espanto,
entre la movediza realidad y el río
de las sombras. Ahí está detenida
la palabra vivaz, salvado este momento
único
entre las dos historias.
... De pronto el caminar fue duradero
y el hombre inmortal fue,
y las bocas que juntas estuvieron
juntas están por siempre.
Y el árbol se detuvo en su verdor
extraño, y la queja
ardió en una zarza
misteriosa.

3
Allí estamos nosotros.
Allí dentro del hálito.
Tú que me lees estás allí
con un libro en la mano.
Y yo también estoy.
Tú de niño, cual hombre, como anciano,
estás allí.
Tu corazon está con su amargura,
ennoblecido y muerto.
Y vivo estás.
Y hermoso estás.
Y lúcido.

4
Todo se mueve alrededor de ti.
Cruje el armario de nogal, salpica
el surtidor del jardín.
Un niño corre tras una mariposa.
Adolescente, das tu primer beso
a una muchacha que huye.
Y huyendo así, huye nada,
quieto en el soplo tenue.

5
Y así fue la palabra entre los hombres
silenciosa, en el ruido
miserable
y la pena,
arca donde está el viento detenido
y suelto,
acorde suspendido y desatado,
leve son que se escucha
como más que silencio, en el reposo
de la luz, de la sombra.

Así fue la palabra,
así fue y así sea
donde el hombre respira,
porque respire el hombre.

Me atreveré a besarte - Alfonsina Storni

Tú, de las manos fuertes con dureza de hierro
Y los ojos sombríos como un mar en tormenta,
Toda suerte o ventura en tus manos se asienta;
La fortuna te sigue, la fortuna es tu perro.

Mírame aquí a tu lado; tirada dulcemente
Soy un lirio caído al pie de una montaña.
Mírame aquí a tu lado... esa luz que me baña,
Me viene de tus ojos como de un sol naciente.

¡Cómo envidio tus uñas insertas en tus dedos
Y tus dedos insertos de tu mano en la palma,
Y tu ser todo inserto en el molde de tu alma!
¡Cómo envidio tus uñas insertas en tus dedos!

A tus plantas te llamo, a tus plantas deliro...
Oh, tus ojos me asustan... Cuando miran el cielo
Le hacen brotar estrellas. Yo postrada en el suelo
Te llamo humildemente con un leve suspiro.

Alex Alemany

Acoge mi pedido: oye mi voz sumisa,
Vuélvete a donde quedo, postrada y sin aliento,
Celosa de tus penas, esclava de tu risa,
Sombra de tus anhelos, y de tu pensamiento.

Acoge este deseo: dame la muerte tuya,
Tu postrera mirada, tu abandono postrero,
Dame tu cobardía; para tenerte entero,
Dame el momento mismo en que todo concluya.

Te miraré a los ojos cuando empiece la sombra
A rondarte despacio... Cuando se oiga en la sala
Un ruido misterioso que ni es paso ni es ala,
Un ruido misterioso que se arrastra en la alfombra.

Te miraré a los ojos cuando la muerte abroche
Tu boca bien amada que no he besado nunca,
Me atreveré a besarte cuando se haga la noche
Sobre tu vida trunca.

Ruiseñor de lodo - Oliverio Girondo


¿Por qué bajas los párpados?

Ya sé que estás desnudo,
pero puedes mirarme con los ojos tranquilos.
Los días nos enseñan que la fealdad no existe.

Tu vientre de canónigo
y tus manos reumáticas,
no impiden que te pases la noche en los pantanos,
mirando las estrellas,
mientras cantas y oficias tus misas gregorianas.

Frecuenta cuanto quieras el farol y el alero.
Me entretiene tu gula
y tu supervivencia entre seres recientes:
“parvenus” de la tierra.

Pero has de perdonarme
si no te doy la mano.
Tú tienes sangre fría.
Yo, demasiada fiebre.

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