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domingo, 30 de agosto de 2015

La última muerte - Sara Graciano

Mujer en una hamaca, Francisco Jiménez Berbell
Encuentro a Alicia desnuda en una hamaca llorando. El crepúsculo la dibuja con su magia de carmines y anaranjados.

Cuando me acerco, descubro que tiene un esfero en la mano y que unas hojas arrugadas y manchadas están tiradas en el suelo.

Si no fuera por las lágrimas de Alicia y sus enormes ojos, ya rojos e hinchados por el llanto, yo pensaría que acaba de tener una fogosa faena con su propio cuerpo.

Despeinada y toda tirada sin aliento en la hamaca, me mira y sonríe levemente y yo me estremezco de dulzura. La veo hermosa, y curiosamente más atractiva que nunca. Me parece que todas las canciones de Yann Tiersen y de Ludovico Einaudi, se posaron en su cuerpo y en sus ojos.

Alicia, sombra derramada en mi pecho, me abraza y llora de nuevo como quien agradece la aparición y al mismo tiempo la lamenta. Me dice al oído mientras me aprieta muy fuerte: “He muerto Mauricio”. Y yo, frágil por mi existencia y por saberme culpable de mi presencia en su vida, comienzo a llorar con ella.

El río carmesí que corre por su cuello, me indican que Alicia ha muerto por última vez.

Afortunadamente enojada - Sara Graciano

Eugène Delacroix - La liberté guidant le peuple

Perdona si me enojo en silencio y luego exploto,
y si llanto incontenible sale de mi sin mesura,
y si se me antoja a veces huir,
fallando luego en el intento.

Perdona por estar taaan enojada, por haber sufrido tanto.
Y si hiero tu orgullo, cuando hablo con carácter.
Y si no soy la mujer tranquila que esperabas:
ternura incondicional a pesar de tus desaires.

Perdona sobretodo, no haberte perdonado.
Reclamar mi dignidad, enojada, desesperada.
Perdona si me enojo, si lloro y no soy dulce,
es que me encuentro agotada, de vivir en amargura.

Perdona si no cumplo tu expectativa de ser calma,
si estoy brava por tu indiferencia, y tus burlas.
Perdona si me enojo, si mi furia te rasguña,
es que a veces las heridas, me invitan a agitarme.

Perdona si me enojo, es que nací enojada,
y en una familia enojada,
entre mujeres, afortunadamente enojadas,
¡que nunca pidieron perdón por estar enojadas!

viernes, 21 de agosto de 2015

La orilla del invierno - Santos Domínguez Ramos

'Así tuvo lugar el único viaje'
F. Brines



I

Alex Alemany
Surcarás otros mares de amarga geografía.
Volverá con las naves la paloma del sueño,
el velo del ocaso, la túnica del alba fría de los inviernos.


II

Sobre este mar de sueños el ocaso te avisa
acantilados. Sube
a la gavia más alta.
Date al recuerdo, cruza la estela de la espuma
azul de las trirremes: ceniza leve, sombra
arcana de los días.
Noche
antigua del sentido.


III

Vuelves a la ciudad dormida. Las hogueras,
presagio ritual de la noche de niebla
en los bosques fluviales. Sobre los arrabales,
la lepra de los muros y las torres del sueño.
Decadencia del mundo al sur de la penumbra.


IV

La ruina de los templos, la hojarasca,
el musgo en el jardín y el peristilo,
indicios, Livio, dan en esta noche
del rito de las horas: el salitre en la oscura
acrópolis del tiempo.
Avisa a los augures. Por la almena
de ortigas y cicuta, el centinela
pide la contraseña al verdín que ya gana
con sus manos leprosas
el teatro y las puertas negras de la muralla.


V

Lenta baja la tarde hacia los arrabales
del sueño o de la luz:
tras la niebla encendida
el agua recupera el pulso subterráneo
del tiempo: ya es de noche.


VI

¿Qué oscuro capitán lleva la nave a un puerto
de poniente, a la niebla cruel del acantilado?
Seguimos en silencio
el ritmo indiferente de las constelaciones.


VII

Fanal de la nostalgia: detrás de la necrópolis
por el valle galopa el caballo del sueño:
sus cascos oscurecen las aguas pantanosas
de la marisma turbia.
Tabletea por el puente de musgo y hiedra negra:
ah, frágil recorrido del hombre hacia la sombra.


VIII

Con esa obstinación inútil de las olas
que van y vienen, van
y reiteradamente vuelven,
tu corazón se rompe contra el acantilado
alto de las estrellas
calcáreas e impasibles.


IX

Mascarones de ausencia y sargazos de niebla
cruzan los litorales de tirso y malvavisco.
Esta noche de invierno fermentan los recuerdos:
el mar es un caballo con las crines de espuma
y hay brea en la tristeza licuada de los puertos.


X
Litoral de los sueños: la torre blanca, el musgo
y los puentes de niebla en los pinares negros.
Sólo vuela el vencejo, procesión agorera
de las noches del mundo.
¡Ah, mar caliginoso de diciembre y ventiscas!


XI

La noche nos mandaba su látigo de espumas
y había vinos frutales y hogueras en la costa.
El bálsamo en las bocas musicales del sur.
Íbamos navegando, sin luna, hacia el oeste.


XII

¿Quién quema en esta noche espliego por los montes
inciertos del insomnio? ¿Quién denuncia
la silueta del toro en la orilla de juncos?
El cárabo remueve el esqueleto triste del olivo.


XIII

Sobre el mar y los pinos, la noche de alabastro
fija su muda estirpe de jazmín y magnolios.
El arco planetario traza su celosía
de mármol en los patios silentes de beleño.
Un efebo sin sombra desliza sigiloso
su espada de cristal sobre las azoteas.
Viajero transitivo de noches cinerarias,
arde en el dulce incendio de grisallas sin cauce.
Fluye el agua sin borde por los pinares húmedos
y el jinete del sueño huye por las barandas.
Ya aguarda el columbario y avisa el heliotropo.


XIV

Otra vez los esquifes, la orilla sin contornos.
Emergen las murallas asediadas, la niebla
adelgaza sus manos en la mañana gris.
Si llegáis a esta costa de lluvias minerales
y eternas, no busquéis
una imagen más pura de la desolación.

XV

Bajo el acantilado la noche es una grieta
vertical. Las espumas de los siglos horadan
el perfil insistente de la erosión. El pecio
calcáreo, la arenisca de todos los naufragios.


XVI

Abandonas el puerto sin luces de noviembre:
llevas al hombro el fardo ácimo de los días,
dulces como los bulbos blancos de la nostalgia.
Hacia las altas naves, la pasarela de algas
efímeras del llanto.


XVII

El mar ha clausurado
sus puertas con el negro celaje del invierno.
Mirad: la nave rinde su pecio al horizonte
de las últimas brumas.


XVIII

Hay sombra sólo en torno del muelle occidental,
sombra sobre las velas plegadas de los puertos
y en las hojas basales del eléboro fétido de los acantilados
y una estela difusa en la neblina azul
de los cardos del mar.


XIX

¿Quién vigila esta noche desde las altas torres
en sombra? ¿Quién agita el hachón encendido
en los adarves? Miras su reflejo en el agua:
ves la cara
secreta de la muerte.


XX

La muerte con su alcuza va rompiendo la escarcha
bajo el lentisco. Dalias de penumbras y vuelos
frágiles como el polvo frutal de los caminos.
Ya los pinos afilan sus agujas aéreas.
Noche por la carcoma sorda de los cipreses.


XXI

No volverás a ver este puerto de niebla.
La nave ya se adentra en la devanadera
líquida de la noche.
Al este las estrellas se copian en el duro
corazón de noviembre y el otoño alimenta
la lluvia que mañana caerá sobre tu boca.

XXII

Cuando lleguéis al faro y descendáis del barco
con líquenes salobres, comprenderéis al fin
que el mar es un aldaba abisal que golpea
la quilla de la nave con uvas y sargazos.
Colocad la tablilla con légamo en sus muros
y la última tesela salitre y circular
de un mosaico de niebla.


XXIII

Has visto la tesela sigilosa y el mosaico confuso de los días;
las alcuzas del sueño, la dura geografía
del dolor, los pinares, el atrio del tetrarca.
Has visto los pretorios con luna, las almenas,
las orillas oscuras y el mirto de los patios.
Eras joven y había acanto en los adarves
y hogueras en los puertos orientales. El mundo
bajaba cada tarde a los huertos de oro
del mar. Eras más joven.
La vida era una nave
con las velas abiertas.


XXIV

Y tú, Livio, te quedas
en el aire sin plomo de las constelaciones
y en los mares sin muertos de las cartografías.

Mi rebelión - Mía Gallegos


Un día partí lejos. 
Cuando mi padre se olvidó 
que yo tenía senos. 
Callé de golpe y dije adiós. 
- Decir adiós es tener 
pájaros feroces en las manos -. 

Me fui hacia allá 
donde todo es azul 
y es torrencial y fresco: 
la montaña. 

Iba con mi arado silencioso 
y un alto sueño de tambores 
en las manos. 

Inmensa, 
conjugada con el viento, 
recorriendo la cordillera 
de mi vientre, 
fresca como la santalucía 
que nace libre 
en los parajes. 

Después ya nadie 
me pronuncio en las clases, 
ni en mi barrio 
ni en mi casa. 
Solo la leyenda 
de mi valija al hombro, 
con mi mochila de luz 
creciendo arriba 
de mi espalda. 

Después, 
ya nunca pregunto mi padre 
si yo tenía lápida, 
cruz 
o alguna azucena dormida 
entre los dedos.

lunes, 17 de agosto de 2015

De la propensión a la puntualidad - Consuelo Tomas

Salvador Dalí
No es que haya nacido en otra parte.
Mucho menos, que me preocupe el tiempo
en su belleza de abstracta redondez lunática.

Es que los minutos me muerden los talones
hormigas enfurecidas urgiéndome a hacer
a no detenerme en función de los finales.

Es muy cierto
la prisa es un agujero en la calma del insomne
una muralla en la planicie de los sueños
un abrevadero de ilusiones que a menudo fallan

No es que me avasalle el miedo a la tardanza
pero la magia se me acaba
he perdido las fórmulas los jeroglíficos las pócimas
la clave de los secretos que guardaba
las cosas que el sabio Fritz confió a mis huesos

Lo confieso
cada vez soy menos yo
y más lo que he vivido.

Por eso es que me apuro
para no llegarle tarde
a la que realmente he sido
cuando todo se acabe.

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