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viernes, 10 de junio de 2016

La película - Sara Graciano

2013

Una noche, como casi todas las noches de los viernes, yo salí a eso de las 7 para su casa. Llevaba en mi bolso una cámara, un esfero, las llaves de mi casa, una bolsita de pañuelos desechables y dos monedas. Setecientos pesos para pasar la noche en casa ajena, viendo películas y contando historias. Setecientos pesos para comprar un paquete de papitas y hacer de cuenta que estábamos en el cine.

Cuando llegué a su casa, grité como siempre pa’ que me abriera la puerta. Primera foto de la noche: Carlos intentando abrir la reja de su casa, era una escena repetitiva, pues la chapa era rebelde, y por ende, no podía faltar en el álbum.

Risas. Así era nuestra amistad, llena de risas todo el tiempo, y cuando alguno quería llorar, lloraba hasta que alguno de los dos imaginaba algo chistoso, lo decía en voz alta, y se acababa la tristeza. No tolerábamos la melancolía, o más bien, la tolerábamos, pero no era natural entre nosotros. Siempre que contábamos historias, terminábamos riéndonos por alguna razón que todavía no entiendo.

Cuando montábamos en metro, empezábamos a imaginar situaciones y comenzaba una historia como de película, que desafiaba todas las leyes naturales y cuyo efecto, eran dos ruidosas risas, que enfurecían a la gente.

Carlos estaba en 22 de los 27 álbumes de fotografías que tenía almacenados en mi computadora: sus ojos, sus cambios de look y su sonrisa sobretodo, estaban debidamente capturados en cientos de fotografías que tenía guardadas. Carlos era mi amigo, mi hermano, era como un pedacito de mí.

Nos acostumbramos a que los demás amigos nos indagaran sobre el tiempo que pasábamos juntos y a que, quienes no nos conocían pensaran que éramos amantes.  En el mejor de los casos pensaban que éramos hermanos, pero eso llegó a ocurrir, si acaso, dos veces.

Ese viernes, Carlos sacó una cobija verde, en vez de la café que siempre me prestaba, me envolví en ella mientras él arreglaba el sonido y me contaba que Simón, su gato, andaba perdido hacía días, y no había vuelto ni siquiera a comer. Mi cobija verde era delgada, temía que me fuera a entrar el frío a las 3 de la mañana.

Todo listo para la película, y Carlos apagó la luz y se envolvió en la cobija azul desteñida y manchada de siempre. Casi puedo decir que me vi la película sola, Carlos estaba en otro lado, sus ojos puestos en la pantalla y su mente puesta en alguna otra cosa. Supuse que era lo de su gato. Cuando la película acabó, le pregunté qué le pasaba y él me sugirió que tomáramos una cerveza para contarme.

Casi nunca nuestro plan terminaba en birra, pero en vista de que era temprano, salimos a comprar un par en la licorera que quedaba en la mitad de la cuadra. En el camino me contó que su mamá había estado trabajando mucho, que ya casi ni la veía, lo que me hizo pensar que posiblemente no era lo del gato sino eso lo que había hecho que no se concentrara en nuestro ritual de viernes. Decidí de todos modos esperar a que me hablara, que me contara una historia más, que me contara qué le pasaba.

Bebimos la cerveza a sorbitos pequeños pero continuos. Nadie habló, Carlos no dijo nada de lo que le pasaba y yo no pregunté más. Tenía miedo de que el silencio se viera roto por algo triste, algo, a lo que yo no pudiera encontrarle el lado positivo para reírnos.

Volvimos a la casa. Carlos, sacó un cigarro y medio lo fumó. Cuando iba en la mitad, lo dejó por ahí abandonado y comenzó a buscar otra película. No paraba de reír y preguntarme por cosas, estaba evadiendo un tema, era evidente; algo que estuvo a punto de decirme y que creyó sería más fácil de contar después de la cerveza, pero cuya gravedad era tal, que ni la cerveza le hizo aflojarlo.  “Woody Allen?” me preguntó sonriendo, yo respondí moviendo la cabeza de arriba abajo y sonriendo también en un gesto de entusiasmo.

Imagen tomada de: https://903comunicacion.wordpress.com/
2014/08/04/la-mujer-como-fotografa-de-prensa/
Carlos era mi amigo. Me había visto llorar, enfurecer, enloquecer y callar. Me conocía lo suficiente como para saber que odiaba que me tocaran la nariz, pero que me gustaba que me tocaran las orejas. Me conocía lo suficiente como para saber que mi momento favorito del día es ese en el que se oculta el último rayito de sol, cuando está a punto de volverse todo penumbra. Ese era Carlos, él que me había tomado las fotografías más locas que se me habían ocurrido. El que me miraba esa noche de viernes con los ojos puestos por encima del borde de una cobija, en vez de estar mirando la película de Annie Hall.

Para cuando terminó la película, yo estaba congelada. Tuvimos que dormir bajo la misma cobija, era lo máximo que me le había acercado alguna vez y no era nada cómodo para dormir. Nos demoramos mucho en conciliar el sueño.

A lo mejor tuve que haber exigido otra cobija, a lo mejor tuve que haberle vuelto a preguntar a Carlos qué le ocurría, a lo mejor tuve que haberme quedado despierta toda la noche vigilando nuestra distancia, a lo mejor tuve que haber suprimido ese viernes de nuestro ritual, o simplemente haber sacado la cámara de mi bolso y ponerla cerca para que Carlos tuviera algo que hacer cuando despertara.

Lo cierto es que mis ojos no vieron la lente de la cámara cuando desperté, mis ojos vieron otros ojos, que se zambullían en los míos, casi se ahogaban, casi morían, pero no querían ser rescatados. Yo envié órdenes a mi cerebro para desviar la mirada, pero no respondía. Mi mirada, continuó atrapada por la suya, y Carlos me besó. Fue fugaz, fue casi intangible, como un sueño y cuando todavía ninguno de los dos había reaccionado, me dijo: “ya no quiero más películas”.

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